Realmente debemos vacunarnos contra la COVID-19
Actualizado: 22 jul 2021

Posiblemente hizo un alto en sus actividades infantiles, emocionada por salir de su casa, escuchó las recomendaciones de su familia, principalmente: no quitarse la mascarilla en ningún momento.
Al estar ya afuera, posiblemente muchos de los lugares por donde transitó le parecieron nuevos, pues en los últimos meses ha tenido que permanecer la mayor parte del tiempo en su casa; eso sí, a su cortísima edad, palabras como coronavirus o pandemia no son ajenas en su vocabulario, y aunque quizás no termina de comprenderlas, las conoce y repite porque en su casa es frecuente que los adultos las mencionen.
Y así con las distracciones de ver todo, llegó de la mano de su mamá a la escuela, sin mochila ni lonchera porque en esta oportunidad la visita no era por ella, simplemente llegó para hacerle compañía a su madre, quien iba a la aplicación de su primera dosis de vacuna contra la COVID-19 que el IHSS está realizando en la ciudad de Danlí a los maestros de las escuelas públicas y privadas -en completo orden y con las medidas de bioseguridad que garantizan jornadas ordenadas a sus derechohabientes directos-; y de esa manera obtener un beneficio indirecto para nuestra pequeña protagonista.
¿Por qué digo que es un beneficio indirecto para los niños? Bueno, porque entre más adultos estén aplicándose esta vacuna y completen sus esquemas, más rápido tendremos la posibilidad de abrir los espacios para ellos, los niños, para que de manera progresiva puedan volver a correr, a conocer su entorno, a reintegrarse a las actividades diarias propias de su edad.
La pequeña niña una vez dentro del recinto estudiantil se sentó en uno de los pupitres de la escuela a esperar a su mamá mientras la "puyaban", cuando ya regresó a su lado, con la satisfacción de tener ya su primera dosis de la vacuna, le dijo a su hija que debían esperar unos quince minutos más, y que después de eso regresarían a la casa.
Finalmente, pasado el tiempo recomendable después de la aplicación de la vacuna, la mamá sacó un pequeño bote de gel de su cartera, ambas se frotaron las manos y salieron de la escuela... la niña iba dando pequeños saltos de inocencia y alegría porque esta vez los papeles se habían invertido y no era ella la que recibió "la puya".
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